El termómetro marca 27°C. Tu camisa de lino favorita está colgada en la silla, arrugada como un mapa de calzadas romanas. La miras. Ella te mira. Ninguno se mueve.
He aquí la verdad incómoda del verano lisboeta: el calor no se plancha solo. Ni el lino se desarruga con miradas, por intensas que sean. Podemos quedarnos en este punto muerto térmico todo el tiempo que quieras — la física no negocia.
Pero nosotros sí negociamos. Y entendemos de fibras naturales como tu abuelo entendía ...
