Imagina la escena: hace 28 grados, uno de esos días bochornosos en Lisboa — sin viento, sin lluvia, sin piedad. Cogiste tu camisa favorita, blanca, impecable, y saliste de casa lleno de confianza. A media mañana, ya se podía sentir el desastre fermentando en las axilas. Al final del día, la camisa parecía haber participado en un combate de boxeo y el olor... bueno, el olor contaba una triste historia de transpiración, bacterias y desesperación.
La buena noticia es que no eres el único. Con el Campo Pequeno ...
