Tu camisa de lino favorita está colgada, mirándote con ese aire de acordeón arrugado. Fuera, 31°C. Tú, sudando solo de pensar en encender la plancha. La ecuación es simple: o planchas y te queda una prenda impecable, o te arriesgas a un look que parece salido del fondo de la mochila. Y no, el lino no perdona — es bonito, fresco, pero en cuanto lo lavas, se convierte en una escultura de arrugas.
Pero hay buenas noticias. Las búsquedas de "planchar" se han disparado +126% en Lisboa, y no es ...
